Volvía a tener problemas de
concentración. Se estaban convirtiendo en algo habitual. ¿Cuantas veces había
ya leído la misma frase? ¿3? ¿4? Me gustaba su cara de concentración. No podía
evitar mirarla de vez en cuando sin que se diese cuenta. No quería desconcentrarla...
más... Volví los ojos al libro. Podía hacerlo. O no... solo quería levantarme y
besarla. Besarla hasta que me culpase de su poca concentración. Besarla hasta
que se le olvidase el trabajo. Besarla hasta que se olvidase de todo. De todo
menos... de mí.
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