Entrelazaste tu mano con la mía y el
tiempo se congeló. Solo podía sentir tu mano junto a la mía. Un gesto natural.
Nuestro. No podía pensar en nada más. El mundo había dejado
de existir. Ya solo estábamos tú y yo. Y tu risa. Una
risa contagiosa. Una risa que me impedía apartar la mirada ni un
solo segundo. Estabas preciosa. ¿Por qué no podías verte a través de mis ojos?
¿Por qué? Era asombroso. Desprendías felicidad sin darte cuenta. Esa eras tú.
Feliz, despreocupada. Intentando hacer una de las tuyas. Arrastrándome contigo.
Solo quería parar el tiempo. Congelar esa felicidad y hacerla eterna.
Para ti. Maldije para mis adentros. No podía. Por mucho que lo desease
pero no importaba. Inventaría mil maneras de hacerte sonreír. Y otras
mil más por si acaso. Lo haría. Por ti. Como siempre.
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