Ella me hacía desconectar. Me sumergía en un mundo donde no existan las normas, las reglas. Tampoco había trabajo. Ni tan siquiera había rastro de aquello que llamamos estrés. No había nada. Bueno, quizás mienta. Sí que había algo. Había amor. Había felicidad. En cada rincón de la casa. En cada gesto. En cada detalle. El amor lo impregnaba todo. Me encontraba en una burbuja. En paz. Solo había un nosotras. El mundo había quedado lejos. Muy lejos. Como una mota de polvo en el universo. Insignificante. Absurda. Y ella tenía la culpa. Como siempre.
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