La música comenzó
a sonar. Notas árabes fueron inundando la habitación. Una por una.
Envolviéndonos en una burbuja ajena al mundo. Sus manos en lo alto comenzaron a
moverse. Sentada en una esquina de la cama la observaba con curiosidad. No
sabía lo que iba a pasar. Estaba nerviosa. Inquieta. Había prometido no reírme.
De todos modos sabía de antemano que no lo haría. Sin darme cuenta ella me fue
envolviendo con cada movimiento. Hipnotizada. Así me sentía. La miraba como sí
eso fuese lo único que tenía sentido para mi. En ese instante ella era lo único
que existía en el mundo. Cada movimiento me hechizaba más y más. Mis ojos
seguían cada gesto, por insignificante que fuese. No importaba. No podía parar
de mirarla. Tampoco quería parar. Ni que ella parará. Deseaba que la canción
fuese eterna. La canción aún no había acabado y ella tampoco. Sus movimientos
eran tan sensuales. Fuertes, sexys pero sin perder su dulzura. Expresaban tanto
en tan poco tiempo que me aturdían. Desprendía sentimiento por cada poro de su
cuerpo. Todo era tan ambraguiador. Mi noción del tiempo había desaparecido
desde la primera nota. Me había perdido en ella. Desgraciadamente la música
paro y con ella la función. Ahora no podía dejar de pensar cuanto tiempo
pasaría hasta que volviese a ver algo tan lleno de sentimiento como lo que
acababa de ocurrir en aquella habitación.
(24 Abril 2014)
(24 Abril 2014)
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